5.17.2011
11.14.2010
6.07.2009
5.12.2009
La amistad en una noche de verano
Así es como me empeño en ser un amigo que sabe lanzar dardos y fuma puros cuando está contento. Que conviene en lo inquisitivo del silencio, que sabe de mi triste corazón. Alguien que se asemeja a este perfil que escribo con la certeza de un mensaje directo a sus entrañas, aunque conozca la posibilidad de que no lo lea, provocando el baile tonto de mi taza de café a la hora en que los pájaros canta una melodía fugaz. Y se repite.
5.10.2009
5.06.2009
When I said I love you, you looked accordingly skeptical
Salgo a la calle y vuelvo a lugares que casi tenía olvidados, escribo en una acera que ya no te quiero. Y miento: ¿Cuánto dolor cabe en una caja de cerilla cuando se quiere estropear el destino? Te espero sentado en una silla robé del bar de la esquina, como si de una butaca de cine se tratase, y me siento como si estuviera frente a una pantalla. Buscándote allí donde te perdí como si encontrar sea parte de mi genio. Unir los cabos esparcidos y echar un vistazo a la pared donde nos apoyamos para esa foto que rompiste. Para luego verte de espaldas, andando de cuclillas, entendiendo el silencio como un estado de emergencia. Me acerco y convoco al ruido. Quizás volver aquí sea más como recomponer recuerdos para luego dejarlos huir. Una forma de rehabilitación, de quererte a partir del ahora y no del pasado.
¿Sabes? Volví a ver a esa vecina tuya que se interponía calendarios a base de llamadas de auxilio. Me encantaba el color de su lapicero y la manera en la que manejaba el abecedario. Como si se tratase de un trampolín al vacío, llenaba el lienzo a base de días de la semana y colores que hacían la sinfonía perfecta de un día con olor a lluvia. Mi encuentro con ella es como un paisaje a la carne trémula con sus dificultades para llegar al cubo de basura. Amago levantarme para colaborar, pero la poesía de sus movimientos me mantiene en frío. Me quedo sentado y completo el espectáculo del rocío que cae.
Una vez en casa todo es sinónimo a encontrarme con una escena tan familiar que provoca temblor en mis pestañas. Verte en la cocina, mirando en la nevera, y no reconocerte a pesar de la ropa, del color de tus ojos e incluso el olor que ya me aprendí hace años. ¿Qué pasó con el encanto que me provocaba tu sonrisa? ¿Dónde está la fe que puse en nuestras almas? Desgastar mis horas en ubicarte en un pasado donde la llama se apagó es el mayor desprecio que hago a todo lo que ahora siento por ti. El problema es que aceptar la derrota sería como dejar mi tiza a tu anciana vecina para descubrir que, en su lienzo, miércoles no se escribe en blanco.
